Tuesday, June 12, 2018

El Murmullo Incesante

Otoño de 1968 (Perugia, Italia). No se atrevió a decir que no cuando su mejor amiga la invitó a la Primera Comunión de su hija. Y allí estaba en la iglesia oyendo el insoportable murmullo de la gente antes de empezar la misa. Sentía calor. Se pasó la mano por su oscura melena ondulada y la deslizó lentamente hasta el cuello alto de su vestido, tocó levemente el encaje. “¿No se callarán nunca?”, pensó. Miró hacia atrás, la puerta barroca estaba abierta y la luz entraba a raudales. Se había sentado en la última fila y no había nadie más con ella. Se estaba mejor allí. Pero aquel murmullo la estaba volviendo loca. Y el lugar también.

Vestido de gasa y encaje
de los años 60.
Aún siendo católica, no se encontraba con ánimos de entrar en una iglesia, y menos en donde se había celebrado el entierro de su madre sólo hacía un par de meses. Empezó a sentir una insoportable angustia en el pecho. Y calor otra vez. Por suerte su vestido era holgado, recto y no se le pegaba al cuerpo. Lo había comprado el año pasado, pero no se lo había puesto nunca porque su madre enfermó y ya no tuvo tiempo para ella misma. Giró la cabeza hacia un lado y otro. La espera en aquel banco se estaba haciendo interminable. “¿Cuándo diablos empezará ésto?”, musitó al borde de las lágrimas. Miró sus manos, parecían cansadas aún con el bonito encaje de los puños alrededor de ellas. Subió la vista hacia las largas mangas de gasa de su vestido, si por alguna razón lo había comprado, era porque quería sentirlas alrededor de sus brazos. Sonrió un poco. Al menos tenía un vestido envidiable. “Ojalá tuviera a alguien para ayudarme a bajar esa larga cremallera”, sonrió un poco más y reposó sus manos sobre sus rodillas cubiertas. Se puso recta y miró al frente. El murmullo seguía, pero ella parecía empezar a sentirse un poco mejor.

De repente, la puerta se cerró de golpe. Parecía que la misa estaba a punto de empezar. La quietud empezó a adueñarse del lugar. El sacerdote salió de la sacristía un poco a la carrera llevando su sotana blanca. Por el rabillo del ojo, vio a su amiga levantando su mano para saludarla, le devolvió el saludo. Se incorporó y aquel vestido de un amarillo tan puro se mostró en toda su belleza. El calor se había ido y una sensación de pleno bienestar inundó su delicado cuerpo. El sacerdote hizo la señal de la santa cruz. Y el murmullo cesó.



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