Sunday, June 10, 2018

El Tiempo Parado

Verano de 1947 (Bournemouth GB). Adelante y atrás. Adelante y atrás. El balancín se movía lentamente mientras ella yacía sobre él. Relajada. El tiempo parecía haberse parado. Era una tarde bastante cálida, algo inusual en la costa de Inglaterra, bueno no solo allí sino en todo el país. Así que ella había pensado aprovechar esa agradable tarde haciendo… nada. Sola con sus pensamientos. Hacía casi dos años que la Segunda Guerra Mundial había terminado, así que ya no se oían los zumbidos de los aviones alemanes en el cielo ni los gritos de la gente corriendo a esconderse a los refugios. Ahora solo había quietud.

Vestido de algodón
de los años 40
El  porche se orientaba hacia la playa, la podía avistar desde la casa. La brisa apenas la alcanzaba, pero no importaba, se estaba bien allí. Pequeñas gotas de sudor resbalaron por su nuca, apartó el cuello de solapa de su nuevo vestido un poco. Estiró la mano y alcanzó el vaso de limonada que reposaba junto a ella: “Aún está fría”. Adelante y atrás. “Un, dos, tres…” contó. “Tres preciosos botones rojos en forma de corazón” pensó. Los dejó sentir entre sus largos dedos. Adoraba ese vestido. Miró hacia abajo y sonrió levemente. El vestido le tapaba las rodillas y sus pies reposaban vagos y desnudos. Se lo había regalado él a principios del verano sin ningún motivo aparente, y eso era lo que lo hacía especial. Le daba un aire juvenil, bueno, solo tenía poco más de cuarenta años, pero aún se era joven a esa edad. Se sentía fresca, liviana… preciosa. Lo tendría puesto hasta que él llegase de su trabajo, le gustaba verla llevarlo. Luego se cambiaría para hacer la cena porque no quería mancharlo. “Unas salchichas y puré de patata con salsa gravy estará bien.” No tenía muchas ganas de hacer nada, una cena sencilla y ya está.

Probablemente volvería al porche más tarde. La noche sería estrellada y no era algo habitual. Incluso a lo mejor hasta se volvería a poner el vestido, no tenía mangas, así que quizás necesitase una chaqueta. Le iba a pedir que le sacase una foto para inmortalizar ese día. “La cámara debe de estar en alguna parte.” pensó. Hacía mucho que no la veía. Él sabría dónde estaba. Siempre le gustó sacar fotos, pero entonces la guerra empezó y cambió todo. Suspiró. Eran afortunados, ya que habían salido de aquello vivos. El sol iba bajando para despedirse hasta el día siguiente. Se quedó dormida y no le oiría llegar. Tampoco sentiría su beso en la frente y sus ojos reposando en las pequeñas flores de colores de la tela del vestido. Y allí, mirándola como la mujer más bonita del mundo. Adelante y atrás. Adelante y atrás.




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