Saturday, July 7, 2018

¡Qué Verde Era Mi Vestido!

Vestido victoriano
verde esmeralda.


Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas.”, así decía el poeta español Federico García Lorca. Y dicho ésto, vamos a situarnos en 1814 (ni un año más ni un año menos) cuando una compañía llamada Wilhelm Dye & White Lead Company ubicada en Alemania mejoró y comercializó un nuevo tinte de verde (éste ya se había creado en el siglo anterior) que debido a su tono se asemejaba a la piedra esmeralda, y de ahí cogió su nombre. El éxito fue inmediato, las mujeres amaban la brillantez que ese verde desprendía y que hacía sus vestidos vistosos y llenos de vida (valga la ironía que ya os cuento a continuación).

Pero este color tenía un lado oscuro, era un asesino silencioso y tomó muchas víctimas a lo largo de los años (una especie de Jack el Destripador, pero sin vísceras). Detrás de su hermosa apariencia, el verde esmeralda contenía… ¡¡arsénico!! (todos sabéis lo que el arsénico es, ¿vale?). Además no sólo era utilizado para la tela de los vestidos, sino también para las alfombras, sombreros, colchas para las camas e incluso para el papel que recubría las paredes de las estancias. La sociedad de aquel tiempo estaba bañada en verde y éste lentamente iba envenenando a sus inocentes víctimas que caían como moscas una tras otra, especialmente las damas victorianas quienes bailaban con la muerte ajenas a todo, y las mujeres que trabajaban en las factorías que manejaban diariamente este pigmento. En 1861 se data la primera víctima, Matilda Scheurer, cuyo trabajo era espolvorear tocados de flores con este color. Su muerte fue lenta y horrible. Exudó verde por todas las partes de su cuerpo hasta que la desafortunada joven sucumbió.



El vals arsénico
por Punch (1862).




Habitación decorada
con verde esmeralda.
Como a medida que el número de muertes relacionadas con el verde esmeralda aumentaba, los victorianos empezaron a darse cuenta (¡más vale tarde que nunca!) que algo no iba bien cuando dicho color estaba cerca. Su rechazo a ese pigmento se hizo obvio, y nuevos tintes empezaron a ser solicitados. Hay montones de historias acerca de los estragos que este burlador asesino provocó, casi se podría escribir un pequeño libro acerca de ello (hmmm… no sería una mala idea). Lo peor de todo, incluso si es posible, es que las compañías que fabrican este color eran conscientes del daño que hacía y de sus espantosos efectos secundarios que causaban la muerte en la mayoría de los casos. Pero como otro gran poeta español, Francisco de Quevedo, decía: “Poderoso Caballero es Don Dinero.” Y ya he dicho bastante.


¡Os veo la semana que viene, amantes del vintage!



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