Wednesday, August 1, 2018

Mientras Corre El Danubio

Verano de 1962 (Weissenkirchen, Austria). Sumergió sus pequeños pies en el agua lentamente, ya que aún siendo verano el Danubio llevaba sus aguas frías siempre, no conocía de estaciones. El frescor la alivió del sofocante calor y decidió sentarse a la orilla de aquel viejo río que había sido testigo de todo lo inimaginable. Remangó su vestido de algodón un poco más de arriba de sus rodillas y se reclinó hacia atrás. Dejó que el sol resplandeciente contra el cielo azul sin nubes bañara su blanca tez y una agradable sensación de bienestar la invadió. Cerró los ojos. Era su hora preferida del día. Era cuando podía escaparse durante un rato de la tediosa rutina y soñar que estaba lejos de allí. Se relajó casi al punto de quedarse dormida. Su pequeña mano tocó el lindo escote de su vestido y acarició el blanco encaje que lo rodeaba. Sentía debilidad por él. Se lo había dado su madre hace sólo unas semanas.


Vestido de cuadros azul y blanco
de los años 40.
Antes había sido de ella cuando era más joven, allá por los años 40. También fue una soñadora que buscaba la quietud de los lugares apartados. Pero el tiempo pasó y no hizo nada para cambiar su vida, o no pudo, ¿quién sabe? Pensaba que, quizás, su madre se lo había regalado como intentando decirle algo. Como que no renunciara a sus sueños o algo así. Bueno, no estaba segura, aunque le gustaba pensar que era eso. Se oyó la campana de la iglesia con un sonido lento y pesado que la sacó de su ensimismamiento. Se incorporó rápido con el pelo enmarañado por atrás y observó fijamente la punzante torre que se divisaba un poco más allá. Se abrazó a si misma y sintió un escalofrío. No podía repetirse la historia. No podía dejar pasar su vida como hizo su madre. Sus manos ahora temblorosas cayeron sobre la falda de su vestido. Miró los pequeños cuadros y azules y blancos de la tela que parecían hipnotizarla, casi ni pestañeaba. Y súbitamente sintió que había tomado una decisión.


Se iría. Les diría a sus padres que ya no podía seguir viviendo allí. Aquel pueblo la axfisiaba, la devoraba viva. Estaba cansada de aquellas estrechas calles, de ver siempre lo mismo, de hacer siempre lo mismo, día tras día. Había un mundo por vivir más allá de aquellas montañas, y ella estaba dispuesta a descubrirlo. Sí, ya estaba decidido. Se levantó con vigor y se dirigió firme a cambiar su destino. Empezaba a refrescar, pero no sentía frío. Sus brazos desnudos se movían con energía y el vestido parecía bailar a cada paso que daba. Y otro paso más, y otro, y otro…



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